Desde que se inventaron los cursos de 1100 horas de cocinero, si te equivocas en la selección, invertirás unos fondos curiosos en torturar a un cierto número de personas a las que la acción formativa les viene grande, a las que obligas a la malsana costumbre de levantarse a las siete, y a las que pides que pongan vocación, imaginación, fantasía y hasta amor en donde ellos sólo ven unos sucios trozos de carne o pescado sanguinolentos, unas verduras que cuesta un horror limpiar y unos procesos productivos que te hacen sudar, te cortan los dedos, te queman y te hacen polvo los pies.
En las actuales circunstancias, además, hay numerosas personas que buscan la formación no como la forma de aprender a pescar, sino sólo como un medio para conseguir peces. Dadas las ayudas existentes, los cursos son un refugio hasta la llegada de épocas mejores. Me parece humano y compresible este intento, pero las ayudas deben ser para quienes estén dispuestos a poner de su parte lo necesario para que los recursos se conviertan en inversión productiva y no en despilfarro negligente. Y cuando hay veinte candidatos por plaza, de verdad que se te quita el sueño durante los días que dura el proceso de selección. No por la responsabilidad económica, sino porque con tus decisiones estás influyendo – para bien o para mal - en el futuro de un buen número de personas.